Los pueblos que dan sentido al Camino de Santiago gallego
160 kilómetros de descubrimiento entre montañas, pueblos y hospitalidad
En el noroeste de España, el Camino Francés atraviesa Galicia en un recorrido de unos 160 kilómetros que condensa la esencia de la vida pausada y del viaje con propósito. Entre montañas, bosques y aldeas de piedra, los peregrinos se adentran en un territorio donde el tiempo se detiene. Cada paso invita a descubrir la hospitalidad gallega, su patrimonio y su gastronomía, en una experiencia que trasciende el turismo y se convierte en un encuentro con uno mismo. El Camino de Santiago es un mosaico de pueblos que respiran historia, cultura, silencio y autenticidad. Desde la entrada por Pedrafita do Cebreiro hasta la llegada a Santiago de Compostela, el tramo gallego ofrece al viajero una experiencia íntima y transformadora.

Las etapas serpentean entre montañas, ríos y bosques de robles. En O Cebreiro, donde nació una de las leyendas más célebres del Camino, el milagro del Santo Grial, las antiguas pallozas y la iglesia prerrománica de Santa María reciben al caminante con la calma de un mundo ancestral. Más adelante, Samos sorprende con su monasterio benedictino, testigo de siglos de espiritualidad. En Sarria, el ritmo del Camino se hace aún más humano: allí muchos peregrinos comienzan su recorrido en busca de la Compostela, que simboliza el final del trayecto y el inicio de algo nuevo. Cada pueblo guarda su identidad. Portomarín ofrece su historia renacida: la iglesia de San Nicolás fue trasladada piedra a piedra tras la construcción del embalse del Miño, mientras que Monterroso y Palas de Rei proponen una Galicia más rural, donde los caminos huelen a tierra húmeda y pan recién hecho. En Melide, el aroma del pulpo á feira y el ambiente de las pulperías invitan a detenerse. Por último, en Arzúa, el queso local y el paisaje verde recuerdan que Galicia también se saborea.

A lo largo de todas estas etapas, el caminante encuentra algo más que descanso: disfruta de conversación, naturaleza y la sensación de pertenecer. Los ayuntamientos gallegos y leoneses que integran la Mancomunidad del Camino Francés cuidan esta herencia común, ofreciendo al visitante una experiencia libre, sin ataduras ni horarios. Cuando el viajero finalmente divisa las torres de la Catedral de Santiago desde el Monte do Gozo, entiende que no ha llegado al final, sino a un nuevo comienzo. El Camino no termina en la meta: permanece en la memoria como una invitación a volver o, al menos, a seguir caminando de otra manera.