Aceite de oliva y cultura: el atractivo turístico que florece en Navarra
De la cata al picnic entre olivos, así se vive el oleoturismo en la Ribera
Navarra, al norte de España, es la región más septentrional de Europa con tradición olivarera. En sus campos, especialmente entre mayo y junio, la floración de los olivos marca el inicio de una temporada ideal para quienes buscan experiencias ligadas al mundo rural. El llamado oleoturismo ofrece al visitante mucho más que un producto: propone descubrir una cultura, participar en catas, recorrer almazaras y vivir el entorno natural en primera persona. La Comunidad Foral reúne una red creciente de almazaras que han abierto sus puertas al público. Espacios como Hacienda Queiles (Monteagudo), Trujal Mendía (Arróniz) o Bodegas Nekeas (Añorbe) combinan el conocimiento del aceite con la hospitalidad, e incluso algunos de estos lugares ofrecen alojamiento rural para una inmersión completa. Uno de los casos más desarrollados es el de Trujal Artajo, en Tudela, donde los visitantes pueden recorrer una finca de 250 hectáreas de olivos, participar en talleres de maridaje, iniciación a la cata, o degustar almendras propias de la finca. Su propuesta estrella: pícnics entre olivos, zona para autocaravanas incluida, que ha ganado especial popularidad entre el turismo europeo.

El turismo del aceite ha encontrado también un motor clave en eventos locales. La localidad de Arróniz, considerada capital del aceite navarro y en la que se encuentra el Museo del Aceite de Ékolo, celebra cada febrero el Día de la Tostada, una cita declarada Fiesta de Interés Turístico y que congrega a más de 10.000 personas. El interés por el aceite de oliva sigue creciendo. Ya no se trata solo de degustar, sino de vivir la historia y el entorno donde nace. Navarra ha sabido transformar un producto milenario en una experiencia para todos los sentidos.